El estudio del miedo
Nunca supe muy bien qué había después del miedo, hasta que lo sentí tanto que me di cuenta que solo se hallaba la oportunidad de ser "valiente". - Alexandra Lemi, Mujer con corazón de niña.
Esta frase resuena en mi cabeza tanto no por el impacto de sus palabras sino por la cantidad de veces que he tenido que ser ¿valiente?, quisiera pensar que solo se trata de eventos aislados; una comunidad de escenas brutales y de momentos en que no sabía si en el segundo siguiente iba a sobrevivir. Tener la muerte tan cerca y entender de ella el abismal vacío que se abre en ella.
A mis 8 años la entendía perfectamente, sin siquiera recordar lo que había pasado en años previos. El miedo me lo enseñaron mis padres y la vida me recordó que ese miedo podía invadir todos los rincones de mi existencia. Me invadía en la oscuridad del cuarto del segundo piso de la Altavista, en la boca de los perros desconocidos, en la enorme calle a las 6 de la tarde el día que pensé por primera vez en irme de casa a mis 10 años. El miedo se asomaba en la sonrisa torcida del que atendía la tienda de la esquina y en los baños sucios de la primaria; y siempre pensé que en algún punto el miedo se iría, que empacaría sus maletas y un día se iría sin decir adiós, despertaría y me daría cuenta de lo valiente que soy. Hoy a mis 31 años de vida me encuentro encorvada apenas al primer movimiento vertical de un martillo pasando cerca de mi, y es el miedo recordándome con insistencia que no se ha ido, me susurra a los oídos casi siempre en las fiestas decembrinas cuando la pólvora de los fuegos artificiales suele parecerse a la rafaga de un arma de fuego y apenas logró colocar mi cabeza en la almohada se escurre entre las sábanas haciéndome la constante pregunta "¿estás segura?, ¿cerraste la puerta?, ¿eso que se asomó en la esquina de la puerta es real o un sueño?".
Recuerdo que el miedo puede hacer que te pongas máscaras muy extrañas, la más común es la de "valiente"; pero en ocasiones me ha puesto las máscaras de la incredulidad, de la melancolía, de lo absurdo y de lo llano también. Me ha hecho aparentar ser analítica y racional en situaciones sin sentido. Podía saber perfectamente que el miedo nos enmudecía cuando el cuerpo enterrado en la fosa común donde todos fingimos ser ciegos, desaparecía; entendía que el miedo podía ser un anuncio en un mensaje de Whatsapp que convertía los pueblos en desiertos o unas palabras en un sms del contacto de mi ex.
El miedo me convertía en presa pero jamás en cazadora, me convertía en víctima y se me juzgaba por ello. Es muy difícil explicar como en mi tercer década, acciones sencillas, chicas y aparentemente inocuas significan todo un mundo de terror para mi: alguien escribiendo desde su celular, alguien alzando la mano por encima de mi cabeza, la cercanía de alguien, el no tener trabajo, el tener trabajo, el no tener dinero, el tener dinero, una decoloración de cabello, un tono diferente de negro en la ropa, el fuego encendido de una estufa y la inmensidad de la calle cuando caminas, un paseo en camión y alguien muy enfermo podían convertir unos segundos de cotidianidad en terror puro.
Recuerdo salir despavorida de la casa corriendo hacia el carro tratanto de romper algún record donde lo que sea que estuviera esperando afuera no pudiera atraparme y lo mismo cuando volvía de trabajar. Sentir unas manos acariciando mis piernas, o alguna mano tomando mi pelo pasaba de ser un tierno gesto de pareja a un recuerdo de trauma. ¿Por qué permití que mi vida se convirtiera en un caldero de miedos?, ¿por qué permití alcanzar esta edad con menos estabilidad y más responsabilidades?, ¡en qué momento acabará esto y me permitirá criar a la siguiente generación de mi sangre sin miedo!.
Creo que incluso la incertidumbre de no tener techo, comida o refugio me invadió hasta la raíz de un miedo que nunca se fue a pesar de que ya contaba con todo esto. Quizás muy pocas veces alcancé una breve libertad sin miedo, donde tiré todo por la borda, ¡quemé los puentes!, y... me tiré al vacío de la desesperanza. Muy pocos comprenderán que detrás de una decisión así no piensas en qué pasaría si logras sobrevivir precisamente porque no hay miedo de que hay después de esta u otra vida.
El momento en el que desperté y la ropa puesta que tenía no coincidía con lo que me había puesto, que me di cuenta del dolor de mis muñecas o de mi cabeza, que el estómago se me hacía nudo mientras confirmaba cuán sola estaba dentro de mi habitación de cueva; fue precisamente ahí que descubrí que el miedo no te dejaba ni siquiera en los breves momentos donde morías o estabas en el limbo inconsciente. ¿Podría llamarse como algún instinto de autoconservación? quizás, pero el miedo jamás me dejaba.
¿Y entonces? solo me quedaba ser "valiente", valiente para tomar mi dignidad y mis cosas, recoger los pedazos que me quedaban de mi maldito ser y arrastrarme hacia un nuevo día de trabajo con la mente dispuesta a empacar y huir a otro futuro incierto. Tomar todo lo que pudiera conmigo y huir del estado de sitio, del estado de guerra donde si no salía al amanecer cerrarían las carreteras y enfrentaría mi muerte en menos de 24 hrs, el estado de guerra donde después de toda la manipulación, humillación, gaslighting y abuso narcicista tenía que recoger lo que me quedaba y desaparecer de la casa sin poder volver a mi hogar de origen porque allá también se libraba otra guerra; tienen razón... quizás yo no conocí el miedo que tienen los de Haití o los de Gaza, quizás no tengo ni idea del miedo que inunda el cielo de Ucrania o la vida amorosa de Rusia, pero dentro de mi existen miedos muy parecidos.
¿Alguna vez han ido a trabajar con una sonrisa después de un intento de suicidio?, ¿después de una noche de corazón roto y llanto de horas?, ¿han dicho estar bien mientras el humo se metía por la casa en el incendio solo para no preocupar a alguien?, ¿han fingido estar bien luego de retomar la consciencia con las pantaletas llenas de sangre?... tener la oportunidad de ser valiente es un privilegio, verse obligado a ser valiente es una realidad, por eso digo que vivo en ese único estado del miedo con breves brechas de amnesia que dan la apariencia de ser "valentía".

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