Cuando me pongo a recordar todas las cosas que ya no existen, todas las cosas que en mi morada quise albergar y que por alguna razón amarga jamás tocaron a mi puerta, me siento increiblemente patética. Puedo recordar que en el 2020 por la noche en mi desespero por ayudar a los demás, con apenas aliento, bajo el traje blanco hermético, que recuerda a los astronautas de los setentas, el cuerpo de uno-sesenta de un niño de 22 años. El mismo que tan solo 6 horas después tendría que entregar en una bolsa de cadáveres. La misma imagen disforme que hace horas respiraba ahogadamente, ahora no respiraba; sondeando con mis ojos su madre y su hermana lo ven desde la distancia de un metro, ni siquiera lloran, saben que desde que se había enfermado ya era una sentencia de muerte. Y yo estaba ahí esperando entregarlo a los hombres de la funeraria, solo vigilando que en medio de su dolor no se lanzaran al cadáver en la bolsa y se terminaran contangiando.
Ese día recogía dentro de mí los pedazos de una humanidad, se me hacía tan común ver las bolsas grises de los cadáveres esperando a ser despachados, y de alguna manera sentía que me perturbaba, en silencio, encerrados apenas con un candado dentro de sus bolsas grises, todos desconocidos. En ese exilio en el que estaba sola yo con todas las palabras que no podía contar a nadie, solo sentía mi humanidad hecha pedazos, y por eso recuerdo que ahí también todas las cosas buenas no se habrían de encontrar en mi morada.
Recuerdo ese día, porque me recargué sobre la pared de mi casa y tuve que sentarme a llorar, llorar la muerte de todos los cadáveres que había entregado en la semana, y dejar de cubrir mi rostro con sonrisas falsas y espejismos de rostros que aparentaban que todo era tan cotidiano como antes. No es posible volver, nada es posible, me sentía limitada yo a mi misma, encerrada, incluso debería darme igual pero no puedo y por eso me solté llorando sintiéndo mi corazón fatigado. Y me sentía otra vez sola.
La cerveza apenas desfiguraba ese dolor, y adormecía los recuerdos de todas y cada una de las veces que tuve que encerrarme con toda esta soledad. Ayer era un armagedón, hoy tenía problemas, y aunque nunca me he considerado una persona equilibrada, ya estaba acostumbrada tanto en lo metafórico como en lo físico al dolor. Ya me había negado a la posvida, reservaba con recelo mi orgullo donde no me permitía absorber por la debilidad ni el infierno y lanzarme a la dulzura de las flores amarillas, eso era para ingenuos en mi mente, morir era para ingenuos.
Reviso incluso ahora, sentada al borde de mi cama, la luz que atraviesa las persianas de la ventana, todas las posibilidades donde pude escapar de todo esto y por alguna razón la muerte me fue negada, pero hubiera estado bien, irse hubiera estado bien porque todas las cosas siguen existiendo a pesar de nosotros, y con tantos cadáveres no sigue habiendo menos gente, es como si en primer lugar nunca hubieran existido. Como de costumbre aqui en mi morada no hay nadie, nunca hay nadie, nada que pueda albergar en esta morada, en estas paredes blancas de un exilio sin sentido, en el que todo mi dolor parece inundar la habitación mientras se encuentra vacía. Como la vez que nevaba afuera en la sierra y a media noche sin luz pedía a gritos y a moco tendido que se acabara mi vida, ese oscuro legado sin propósito de emociones adormecidas, como aquella vez que tuve que recoger toda mi dignidad en bolsas de basura mientras la camioneta se alejaba a las diez de la noche y yo miraba atónita el abandono al que me habían arrojado las únicas personas que debian amarme o protegerme, recuerdo como sentí que mi alma entera entraba a la boca del lobo, en una venganza eterna y un rencor sin rostro.
3 años pasaron, y seguía tomando vino en espera que el alcohol siguiera adormeciendo todo, y que un nuevo día se presentara, un nuevo día con una rutina aprendida, en espera siempre de lo mejor; y sin embargo siempre retornaba al piso vacío donde nada bueno albergaba mi hogar. Me recuerda todas las veces que me senté en el sillón e insistentemente la sombra de la ausencia se desplegaba por toda la casa. Las sombras de todo lo que habita en la noche, y que me hacen sentir patética por no haber tenido más valor para enterrar la cuchilla en la boca del estómago.
Es así como otra semana pasa, y sigo sacando el líquido negro del café extraído de la prensa francesa, y permitiéndome sentir este dolor tan patético y viejo que parece matrimonio hostil, que silencioso sigue llevándose una a una mis pocas neuronas que han sobrevivido tanto a las intoxicaciones como el abuso de sustancias con benzodiacepinas. Quizás exagero, pero no es coincidencia que cada noche en esta morada donde nada bueno ha entrado, siga recordando por todas las oportunidades que tuve de acabar con todo, como si de repente los espejos de la locura y las voces de los recuerdos se unieran en mi necedad a recordarme que una vez que yo mi propósito alcance, haya palabras de personas que hoy no me hablan fingiendo que me conocían, fingiendo que yo era una persona decente (que no era), una persona dulce (que no era) y que mi vida era valiosa (que tampoco era).
Sin afán de llegar a parábolas, no creo ya en nada, pero tengo esa necesidad tan alta de que algo más exista, de creer cuando no creo en mí, ¿es acaso este sueño que es la vida, un verdadero sueño?, ¿una forma de amor tan extraña y tan dura que me recuerda todo lo bueno que nunca ha de venir, y que me quiera viva en ese amor mezquino en vez de dejarme partir?; es por todas las cosas y por todas las personas que ya no albergan mi morada, que de vez en cuando saco mi rostro al sol y sentada veo las figuras una tras otra transcurrir como si existieran sintiéndome menos ser yo.

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