Primer paraje

Burroughs dijo una vez que no se habría convertido en escritor de no ser por la muerte accidental de Joan Vollmer, misma que él le provocase después de una subida de metadona el 6 de septiembre de 1951 en la ciudad de México; dos años después publicó "Yonqui". Una noche helada de 1910 el autor de Ana Karenina salió de su casa sin dar explicaciones; abordó un tren al azar hasta llegar a Astápovo, donde murió de hipotermia en una cabaña de guardafrenos. Paul Celan escribió "la poesía es una especie de regreso a casa", una noche de abril de 1970 se dirigió hacia el puente Mirabeau, a los costados se erigían los tenderetes verdes de los vendedores de libros viejos, el río Sena fue el último nicho de descanso después de suicidarse.

martes, 19 de marzo de 2024

El estudio del miedo

 El estudio del miedo

Nunca supe muy bien qué había después del miedo,  hasta que lo sentí tanto que me di cuenta que solo se hallaba la oportunidad de ser "valiente". - Alexandra Lemi, Mujer con corazón de niña.


Esta frase resuena en mi cabeza tanto no por el impacto de sus palabras sino por la cantidad de veces que he tenido que ser ¿valiente?, quisiera pensar que solo se trata de eventos aislados; una comunidad de escenas brutales y de momentos en que no sabía si en el segundo siguiente iba a sobrevivir. Tener la muerte tan cerca y entender de ella el abismal vacío que se abre en ella. 

A mis 8 años la entendía perfectamente, sin siquiera recordar lo que había pasado en años previos. El miedo me lo enseñaron mis padres y la vida me recordó que ese miedo podía invadir todos los rincones de mi existencia. Me invadía en la oscuridad del cuarto del segundo piso de la Altavista, en la boca de los perros desconocidos, en la enorme calle a las 6 de la tarde el día que pensé por primera vez en irme de casa a mis 10 años. El miedo se asomaba en la sonrisa torcida del que atendía la tienda de la esquina y en los baños sucios de la primaria; y siempre pensé que en algún punto el miedo se iría, que empacaría sus maletas y un día se iría sin decir adiós, despertaría y me daría cuenta de lo valiente que soy. Hoy a mis 31 años de vida me encuentro encorvada apenas al primer movimiento vertical de un martillo pasando cerca de mi, y es el miedo recordándome con insistencia que no se ha ido, me susurra a los oídos casi siempre en las fiestas decembrinas cuando la pólvora de los fuegos artificiales suele parecerse a la rafaga de un arma de fuego y apenas logró colocar mi cabeza en la almohada se escurre entre las sábanas haciéndome la constante pregunta "¿estás segura?, ¿cerraste la puerta?, ¿eso que se asomó en la esquina de la puerta es real o un sueño?". 

Recuerdo que el miedo puede hacer que te pongas máscaras muy extrañas, la más común es la de "valiente"; pero en ocasiones me ha puesto las máscaras de la incredulidad, de la melancolía, de lo absurdo y de lo llano también. Me ha hecho aparentar ser analítica y racional en situaciones sin sentido. Podía saber perfectamente que el miedo nos enmudecía cuando el cuerpo enterrado en la fosa común donde todos fingimos ser ciegos, desaparecía; entendía que el miedo podía ser un anuncio en un mensaje de Whatsapp que convertía los pueblos en desiertos o unas palabras en un sms del contacto de mi ex. 

El miedo me convertía en presa pero jamás en cazadora, me convertía en víctima y se me juzgaba por ello. Es muy difícil explicar como en mi tercer década, acciones sencillas, chicas y aparentemente inocuas significan todo un mundo de terror para mi: alguien escribiendo desde su celular, alguien alzando la mano por encima de mi cabeza, la cercanía de alguien, el no tener trabajo, el tener trabajo, el no tener dinero, el tener dinero, una decoloración de cabello, un tono diferente de negro en la ropa, el fuego encendido de una estufa y la inmensidad de la calle cuando caminas, un paseo en camión y alguien muy enfermo podían convertir unos segundos de cotidianidad en terror puro. 

Recuerdo salir despavorida de la casa corriendo hacia el carro tratanto de romper algún record donde lo que sea que estuviera esperando afuera no pudiera atraparme y lo mismo cuando volvía de trabajar. Sentir unas manos acariciando mis piernas, o alguna mano tomando mi pelo pasaba de ser un tierno gesto de pareja a un recuerdo de trauma. ¿Por qué permití que mi vida se convirtiera en un caldero de miedos?, ¿por qué permití alcanzar esta edad con menos estabilidad y más responsabilidades?, ¡en qué momento acabará esto y me permitirá criar a la siguiente generación de mi sangre sin miedo!.

Creo que incluso la incertidumbre de no tener techo, comida o refugio me invadió hasta la raíz de un miedo que nunca se fue a pesar de que ya contaba con todo esto. Quizás muy pocas veces alcancé una breve libertad sin miedo, donde tiré todo por la borda, ¡quemé los puentes!, y... me tiré al vacío de la desesperanza. Muy pocos comprenderán que detrás de una decisión así no piensas en qué pasaría si logras sobrevivir precisamente porque no hay miedo de que hay después de esta u otra vida. 

El momento en el que desperté y la ropa puesta que tenía no coincidía con lo que me había puesto, que me di cuenta del dolor de mis muñecas o de mi cabeza, que el estómago se me hacía nudo mientras confirmaba cuán sola estaba dentro de mi habitación de cueva; fue precisamente ahí que descubrí que el miedo no te dejaba ni siquiera en los breves momentos donde morías o estabas en el limbo inconsciente. ¿Podría llamarse como algún instinto de autoconservación? quizás, pero el miedo jamás me dejaba. 

¿Y entonces? solo me quedaba ser "valiente", valiente para tomar mi dignidad y mis cosas, recoger los pedazos que me quedaban de mi maldito ser y arrastrarme hacia un nuevo día de trabajo con la mente dispuesta a empacar y huir a otro futuro incierto. Tomar todo lo que pudiera conmigo y huir del estado de sitio, del estado de guerra donde si no salía al amanecer cerrarían las carreteras y enfrentaría mi muerte en menos de 24 hrs, el estado de guerra donde después de toda la manipulación, humillación, gaslighting y abuso narcicista tenía que recoger lo que me quedaba y desaparecer de la casa sin poder volver a mi hogar de origen porque allá también se libraba otra guerra; tienen razón... quizás yo no conocí el miedo que tienen los de Haití o los de Gaza, quizás no tengo ni idea del miedo que inunda el cielo de Ucrania o la vida amorosa de Rusia, pero dentro de mi existen miedos muy parecidos. 

¿Alguna vez han ido a trabajar con una sonrisa después de un intento de suicidio?, ¿después de una noche de corazón roto y llanto de horas?, ¿han dicho estar bien mientras el humo se metía por la casa en el incendio solo para no preocupar a alguien?, ¿han fingido estar bien luego de retomar la consciencia con las pantaletas llenas de sangre?... tener la oportunidad de ser valiente es un privilegio, verse obligado a ser valiente es una realidad, por eso digo que vivo en ese único estado del miedo con breves brechas de amnesia que dan la apariencia de ser "valentía". 

 

 

El desfiguro de la nube negra




Cuando me pongo a recordar todas las cosas que ya no existen, todas las cosas que en mi morada quise albergar y que por alguna razón amarga jamás tocaron a mi puerta, me siento increiblemente patética. Puedo recordar que en el 2020 por la noche en mi desespero por ayudar a los demás, con apenas aliento, bajo el traje blanco hermético, que recuerda a los astronautas de los setentas, el cuerpo de uno-sesenta de un niño de 22 años. El mismo que tan solo 6 horas después tendría que entregar en una bolsa de cadáveres. La misma imagen disforme que hace horas respiraba ahogadamente, ahora no respiraba; sondeando con mis ojos su madre y su hermana lo ven desde la distancia de un metro, ni siquiera lloran, saben que desde que se había enfermado ya era una sentencia de muerte. Y yo estaba ahí esperando entregarlo a los hombres de la funeraria, solo vigilando que en medio de su dolor no se lanzaran al cadáver en la bolsa y se terminaran contangiando. 

Ese día recogía dentro de mí los pedazos de una humanidad, se me hacía tan común ver las bolsas grises de los cadáveres esperando a ser despachados, y de alguna manera sentía que me perturbaba, en silencio, encerrados apenas con un candado dentro de sus bolsas grises, todos desconocidos. En ese exilio en el que estaba sola yo con todas las palabras que no podía contar a nadie, solo sentía mi humanidad hecha pedazos, y por eso recuerdo que ahí también todas las cosas buenas no se habrían de encontrar en mi morada. 

Recuerdo ese día, porque me recargué sobre la pared de mi casa y tuve que sentarme a llorar, llorar la muerte de todos los cadáveres que había entregado en la semana, y dejar de cubrir mi rostro con sonrisas falsas y espejismos de rostros que aparentaban que todo era tan cotidiano como antes. No es posible volver, nada es posible, me sentía limitada yo a mi misma, encerrada, incluso debería darme igual pero no puedo y por eso me solté llorando sintiéndo mi corazón fatigado. Y me sentía otra vez sola. 

La cerveza apenas desfiguraba ese dolor, y adormecía los recuerdos de todas y cada una de las veces que tuve que encerrarme con toda esta soledad. Ayer era un armagedón, hoy tenía problemas, y aunque nunca me he considerado una persona equilibrada, ya estaba acostumbrada tanto en lo metafórico como en lo físico al dolor. Ya me había negado a la posvida, reservaba con recelo mi orgullo donde no me permitía absorber por la debilidad ni el infierno y lanzarme a la dulzura de las flores amarillas, eso era para ingenuos en mi mente, morir era para ingenuos.

Reviso incluso ahora, sentada al borde de mi cama, la luz que atraviesa las persianas de la ventana, todas las posibilidades donde pude escapar de todo esto y por alguna razón la muerte me fue negada, pero hubiera estado bien, irse hubiera estado bien porque todas las cosas siguen existiendo a pesar de nosotros, y con tantos cadáveres no sigue habiendo menos gente, es como si en primer lugar nunca hubieran existido. Como de costumbre aqui en mi morada no hay nadie, nunca hay nadie, nada que pueda albergar en esta morada, en estas paredes blancas de un exilio sin sentido, en el que todo mi dolor parece inundar la habitación mientras se encuentra vacía. Como la vez que nevaba afuera en la sierra y a media noche sin luz pedía a gritos y a moco tendido que se acabara mi vida, ese oscuro legado sin propósito de emociones adormecidas, como aquella vez que tuve que recoger toda mi dignidad en bolsas de basura mientras la camioneta se alejaba a las diez de la noche y yo miraba atónita el abandono al que me habían arrojado las únicas personas que debian amarme o protegerme, recuerdo como sentí que mi alma entera entraba a la boca del lobo, en una venganza eterna y un rencor sin rostro. 

3 años pasaron, y seguía tomando vino en espera que el alcohol siguiera adormeciendo todo, y que un nuevo día se presentara, un nuevo día con una rutina aprendida, en espera siempre de lo mejor; y sin embargo siempre retornaba al piso vacío donde nada bueno albergaba mi hogar. Me recuerda todas las veces que me senté en el sillón e insistentemente la sombra de la ausencia se desplegaba por toda la casa. Las sombras de todo lo que habita en la noche, y que me hacen sentir patética por no haber tenido más valor para enterrar la cuchilla en la boca del estómago. 

Es así como otra semana pasa, y sigo sacando el líquido negro del café extraído de la prensa francesa, y permitiéndome sentir este dolor tan patético y viejo que parece matrimonio hostil, que silencioso sigue llevándose una a una mis pocas neuronas que han sobrevivido tanto a las intoxicaciones como el abuso de sustancias con benzodiacepinas. Quizás exagero, pero no es coincidencia que cada noche en esta morada donde nada bueno ha entrado, siga recordando por todas las oportunidades que tuve de acabar con todo, como si de repente los espejos de la locura y las voces de los recuerdos se unieran en mi necedad a recordarme que una vez que yo mi propósito alcance, haya palabras de personas que hoy no me hablan fingiendo que me conocían, fingiendo que yo era una persona decente (que no era), una persona dulce (que no era) y que mi vida era valiosa (que tampoco era). 

Sin afán de llegar a parábolas, no creo ya en nada, pero tengo esa necesidad tan alta de que algo más exista, de creer cuando no creo en mí, ¿es acaso este sueño que es la vida, un verdadero sueño?, ¿una forma de amor tan extraña y tan dura que me recuerda todo lo bueno que nunca ha de venir, y que me quiera viva en ese amor mezquino en vez de dejarme partir?; es por todas las cosas y por todas las personas que ya no albergan mi morada, que de vez en cuando saco mi rostro al sol y sentada veo las figuras una tras otra transcurrir como si existieran sintiéndome menos ser yo.