“El sexo sin amor es una experiencia vacía.
Pero de las experiencias vacías, la mejor”
-Woody Allen
Algo similar me pasó justo ayer. Podría decir que fue casualidad o causalidad, no distinguiría bien una de otra, tampoco podría decir por qué esa escena se desarrollaba ante mis ojos y porque nadie más excepto yo podría verla. Todo sucedió porque quería quemar una foto. Ese día sentía un pesado sabor en la boca, un sabor metálico que me recordó que tenía tantos deseos de no despertar y que por eso me había tomado un par de pastillas de alprazolam con una taza de agua. La mañana estaba hecha de humo de cigarro industrial, el pulmón de este lado de la tierra se encuentra más hacia el centro. Recogí la resaca interna de mi cuerpo y la metí a lavar en lavado rápido para no sentir el frío del calentador apagado de mi casa, el agua se sentía particularmente fría pero no era el agua, estaba plenamente consciente de que era mi cuerpo congelándose con algo tan vivo como el agua de las tuberías. Mi cabello siempre se ha sentido seco, probablemente toda esa ansiedad y manía de agarrarlo lo convirtió en lo que hoy es, una masa negruzca, desaliñada y fina. La sacudida era simple, lavar la cabeza y frotar los pies, primero la cara, después el shampoo, frotar con el estropajo un cuello que hace 10 años su hermano había tratado de ahorcar, después frotar los codos, lo más fuerte que se pueda, con tanta fricción y con la parte más áspera para que no quedará sino el rubor de la piel enrojecida, para evitar los malos comentarios sobre tus codos. Después agarrar ese otro jabón y frotar la parte interna de tus muslos, esa zona húmeda y escondida entre los paréntesis de tus labios íntimos, esa única parte que tu novio desprecia de ti -¿por qué?- quién sabe por qué. Para llegar al desenlace de tu manía diaria, los pies, esa parte en la que más te esmeras y en la que nunca -ni en el nuevo orden mundial- serás buena. No sé porque pero ayer me sentí colmada de nostalgia, veía unas fotos y pensaba en todo lo que se había ido apenas hace unos meses, el día que te bloqueé, el día que te escribí, el día que salimos y vimos esa película para niños pensando en lo tonto que había sido besarnos a sabiendas de que nunca estaríamos juntos como adultos, ese día sentí un fuerte deseo de tomar una taza de té -no por el hecho de tomarlo- sino por la otrora razón de no estar en casa, quería ir afuera donde la tibieza, y los cuerpos sólidos confunden sus temperaturas. Y no sabía donde precisamente buscar esa tibieza pero caminé un par de cuadras alrededor de mi casa buscando un local de esos que la gente visita no por la comida ni por el ambiente sino porque representa un lugar de seriedad para platicar y beber algo -aunque ese algo no sea alcohol importado.
Todo pasó justo en el minuto en que la cajera terminaba de darme mi cambio. Volteé hacia la esquina que creía desocupada y estaba una pareja, aquí lo importante no eran ellos, sino que en los 30 minutos que estuve observándolos mientras tomaba mi té desde la otra esquina nunca se comunicaron oralmente, sólo había mensaje implícito. ¿Por qué era tan claro para mí ese mensaje y para los demás no?
Sus manos al principio parecían inquietas, de lejos se notaba que era una persona llena de ansiedad, los padrastros de sus dedos se habían sustituido por finas saetas rojas de angustia exacerbada, sus uñas parecían asimétricas, mordidas, y tan pequeñas que te harían pensar que lleva años sosteniendo una ansiedad enorme. Sus manos no estaban juntas, estaban a la par de los hombros posicionadas sobre la hoja del menú, sin embargo no leía el menú, la tercer falange del dedo índice frotaba en círculos la yema del pulgar como si repasara en su mente todas las cosas que tenía que diría esa tarde en cuanto esa otra persona llegara. De a minutos ese jugueteo se detenía y doblando su brazo izquierdo sostenía el reloj de la mano derecha, después de verificar la hora acariciaba su mano derecha como pidiéndose a si mismo ser paciente.
Al poco tiempo mientras miraba por la ventana su espera había terminado, un visitante había entrado para generar un total de 6 comensales en todo el lugar, todos los Rothko se habían inquietado y los muros parecían encimarse uno tras otro para escuchar lo que ese nuevo viajero tenía que decir. Solo los Rothko y las paredes sabían tanto como yo, que estaba pasando algo importante en la vida de alguien, y este era el preciso momento para poner atención.
El viento ondeo un poco, lo suficiente para filtrarse por la malla que impide que entren los zancudos del verano, y eso hizo que la persona que esperaba despejara con su mano llena de ansiedad la cortina. El viajero se sentó, sus manos estaban abajo de la mesa y aún así podía apreciarlas; se veían secas y llenas de cicatrices, difícilmente se podría decir que estuvieran cuidadas, pareciera más bien que le tocó una vida llena de privaciones. Estaban famélicas, ásperas y alargadas, la región tenar estaba atrofiada justo en el sitio de la tabaquera anatómica, como si hubiera pasado sus últimos años en un enolismo diario. A la par que el viajero se había sentado, las manos de su cita habían dejado su trémulo temblor por una posición más calmada y a la vez algo aprehensiva; se sujetaba mano con mano así mismo como si el viajero representará para "ansiedad" -como lo llamaría- una emoción que tenía que contener con fuerza, tenía que permanecer calmo como fuere.
El viajero sólo se quedó mirando al menú, no había tardado ni 2 segundos cuando llamó a la mesera y le pidió que le sirviera un té Pu-Erh, fuerte y terroso, oscuro y rojo sin leche que solían tomar los emperadores de la región de Yunnan; "ansiedad" ni siquiera había tenido tiempo de pensar en lo que iba a tomar, simplemente hizo un atisbo de querer sujetar el menú, pero sin éxito ya que "viajero" había ordenado y no se había dirigido a mirar a "ansiedad".
Hubo un largo silencio, un silencio amigable y reconfortante. "Viajero" extendió su mano con la palma hacia arriba por encima de las especias; su línea de vida era muy corta, su línea del amor se bifurcaba como si fuera incierto lo que pasaría después de que se vieran; uno de esos momentos definitorios que cambian para bien o para mal el destino; tal vez después de ese día los pliegues de sus manos se decidieran a alargarse en espera de una vida con "ansiedad" o se acortaran por el abandono de ella.
El viento ondeo un poco, lo suficiente para filtrarse por la malla que impide que entren los zancudos del verano, y eso hizo que la persona que esperaba despejara con su mano llena de ansiedad la cortina. El viajero se sentó, sus manos estaban abajo de la mesa y aún así podía apreciarlas; se veían secas y llenas de cicatrices, difícilmente se podría decir que estuvieran cuidadas, pareciera más bien que le tocó una vida llena de privaciones. Estaban famélicas, ásperas y alargadas, la región tenar estaba atrofiada justo en el sitio de la tabaquera anatómica, como si hubiera pasado sus últimos años en un enolismo diario. A la par que el viajero se había sentado, las manos de su cita habían dejado su trémulo temblor por una posición más calmada y a la vez algo aprehensiva; se sujetaba mano con mano así mismo como si el viajero representará para "ansiedad" -como lo llamaría- una emoción que tenía que contener con fuerza, tenía que permanecer calmo como fuere.
El viajero sólo se quedó mirando al menú, no había tardado ni 2 segundos cuando llamó a la mesera y le pidió que le sirviera un té Pu-Erh, fuerte y terroso, oscuro y rojo sin leche que solían tomar los emperadores de la región de Yunnan; "ansiedad" ni siquiera había tenido tiempo de pensar en lo que iba a tomar, simplemente hizo un atisbo de querer sujetar el menú, pero sin éxito ya que "viajero" había ordenado y no se había dirigido a mirar a "ansiedad".
Hubo un largo silencio, un silencio amigable y reconfortante. "Viajero" extendió su mano con la palma hacia arriba por encima de las especias; su línea de vida era muy corta, su línea del amor se bifurcaba como si fuera incierto lo que pasaría después de que se vieran; uno de esos momentos definitorios que cambian para bien o para mal el destino; tal vez después de ese día los pliegues de sus manos se decidieran a alargarse en espera de una vida con "ansiedad" o se acortaran por el abandono de ella.
Deduje que tenían años sin verse, se trataban como dos extraños; "ansiedad" quien cruzaba sus brazos de forma defensiva se encontraba incomoda, había tensión en sus hombros como si deseara salir corriendo, por otro lado "viajero" estaba más abierto, sus manos invitaban a la presencia de "ansiedad", después de dudarlo algunos minutos, "ansiedad" toma la iniciativa y roza con el dedo índice y medio el centro de la palma de viajero como si censaran que el terreno es seguro para proseguir. "Viajero" la estrechó con delicadeza e inmediatamente esa tensión en "ansiedad" se había ido. Pasó un tiempo, la mesera había tardado más de lo normal, llegó con una bandeja y un té extra que no advertí que habían pedido.
Por encima del techo había desplegado un álbum entero de pornografía de los 50's, carnes robustas, pliegues sutiles y sensuales que se tapaban unos con otros en un empalme hecho a propósito, a los lados había cuadros de artistas independientes, todos estilo Rothko; del lado de mi muro había un piano vertical espineta, el más pequeño de su clase que hacía de repisa de objetos algo antiguos de irreconocible era. Por otra parte en la esquina en la que la pareja se encontraba había escritos de los visitantes del café, con la peculiaridad que todos eran escritores underground de domicilio.
Por encima del techo había desplegado un álbum entero de pornografía de los 50's, carnes robustas, pliegues sutiles y sensuales que se tapaban unos con otros en un empalme hecho a propósito, a los lados había cuadros de artistas independientes, todos estilo Rothko; del lado de mi muro había un piano vertical espineta, el más pequeño de su clase que hacía de repisa de objetos algo antiguos de irreconocible era. Por otra parte en la esquina en la que la pareja se encontraba había escritos de los visitantes del café, con la peculiaridad que todos eran escritores underground de domicilio.
"Ansiedad" retiró su mano por un momento, empezó a acariciar con sus dedos las manos de "Visitante" reconociéndolas en todos sus pliegues como si fueran cerillos encendidos, tanteando su calor, desde la yema de fumador amarillenta hasta el pliegue blancuzco donde nace la línea de la vida. "Viajero" se había dejado tocar adivinando que "Ansiedad" necesitaba reconocerlo primero. Después de eso volteó su mano; inspeccionaba sus nudillos, duros y callosos, hostiles en comparación de esas manos delicadas que lo sondeaban, unas manos que a pesar de todo seguían siendo frágiles y muy asustadizas. efectivamente había pasado mucho tiempo y ni siquiera se habían volteado a ver los ojos.
Mi té azul se había enfriado, pero necesitaba saber que pasaría para estar tranquila, parecería enfermo que me importara pero quería escuchar una historia distinta. "Viajero" tenía muchas cicatrices, todas inspeccionadas por "ansiedad", él se había desesperado un poco y sujeto con ambas manos la de "Ansiedad" como diciendo que el tiempo de espera se había acabado, no creo que le importara el futuro, creo que sentía desesperación porque este iba a ser sólo un momento y el antes-y-después no importaban nada, el único sitio y tiempo en que no había caos, ni ruido, donde no aullaban los perros, ni llovía, el viento se percató de esto y se había detenido. Todo era un perfecto murmullo inerte. La vida constantemente nos miente, pero ese instante juro que había dejado de hablar para dar paso a algo cierto, este era el momento y no se volvería a repetir.
Había cierta dulzura en como "Viajero" sostenía a "Ansiedad", se veía en el cuidado con el que la sostenía como si soltarla significara que la volvería a perder... otra vez.
Mi té azul se había enfriado, pero necesitaba saber que pasaría para estar tranquila, parecería enfermo que me importara pero quería escuchar una historia distinta. "Viajero" tenía muchas cicatrices, todas inspeccionadas por "ansiedad", él se había desesperado un poco y sujeto con ambas manos la de "Ansiedad" como diciendo que el tiempo de espera se había acabado, no creo que le importara el futuro, creo que sentía desesperación porque este iba a ser sólo un momento y el antes-y-después no importaban nada, el único sitio y tiempo en que no había caos, ni ruido, donde no aullaban los perros, ni llovía, el viento se percató de esto y se había detenido. Todo era un perfecto murmullo inerte. La vida constantemente nos miente, pero ese instante juro que había dejado de hablar para dar paso a algo cierto, este era el momento y no se volvería a repetir.
Había cierta dulzura en como "Viajero" sostenía a "Ansiedad", se veía en el cuidado con el que la sostenía como si soltarla significara que la volvería a perder... otra vez.
Ambos hombros se juntaron y por algunos minutos el brazo de "Viajero" y "Ansiedad" eran uno mismo, intentando recordar. Bebían a la par el té, pero sin despegar sus dedos entrelazados. No duraría mucho. "Viajero" extendió su mano izquierda para retirar la derecha de las manos de "Ansiedad" el extendía los brazos y abría y cerraba los dedos intentando decir algo sin siquiera abrir la boca. Al final sólo era un intento vano de decir que no se quedaría y que nunca se volverían a ver, las cosas habían cambiado demasiado tanto que existían en dimensiones diferentes. Me recordaba a la metáfora del puente y Cortázar. Extendió la servilleta sobre la mesa, se levantó sin despegar su mano de la mesa, golpeó finamente con su índice dos veces el servilletero y se marchó. Las manos de "Ansiedad" cubrían su rostro no como si llorara, sino como intentara sacudirse una imagen restregando sus palmas por sus mejillas. El momento había pasado y todo volvía a ser como era, el caos, la lluvia, los perros y el viento.
Otra vez una historia que no funcionaba. Dejé la propina y salí al fresco de la calle, al lado había un tambo metálico industrial, había entendido más en minutos de muda conversación que en horas de meditabundo insomnio; era una ecuación simple, como contar con los dedos. Era necesario quemar todos los puentes de manera que esta bizarra situación no se repitiera. Dejé caer el símbolo de su fotografía hacía el fondo de ese universo lleno de mierda de perro y desechos de restaurante, una historia blanca que a medida que se consumía en color ocre pasaba a ser un puzzle de ceniza gris.
Otra vez una historia que no funcionaba. Dejé la propina y salí al fresco de la calle, al lado había un tambo metálico industrial, había entendido más en minutos de muda conversación que en horas de meditabundo insomnio; era una ecuación simple, como contar con los dedos. Era necesario quemar todos los puentes de manera que esta bizarra situación no se repitiera. Dejé caer el símbolo de su fotografía hacía el fondo de ese universo lleno de mierda de perro y desechos de restaurante, una historia blanca que a medida que se consumía en color ocre pasaba a ser un puzzle de ceniza gris.

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