Es un sábado triste, como la mancha de los dientes,
como un rompejaulas oxidado por ciudades,
como el hielo más frío de todos los ayeres
que circundan mi espalda y sus lunares.
Es un sábado triste y desconozco los silencios,
hurgo los rincones buscando un refugio
y creo apenas haberlo encontrado me siento
y empiezan a fluir mis miedos a diluvio.
¿Cuál es esa manía del pensamiento mágico?
Creer que la solución es un pájaro del cielo,
que existe una perfección, un sueño, más trágico
que cierto, que existe la felicidad, y no es cierto.
Me desvelé muchas noches pensando en esto,
en ti y en mí, inventamundos, amaneceres dormidos,
vino viejo, las siemprevivas de un florero,
tu sombrero colgado siempre al fondo de nuestro ropero.
Muchas veces te soñé conduciendo un auto viejo,
pasando por la universidad, escuchando a Cohen,
y es demasiado, dices, es demasiado tiempo,
y yo tras la bata blanca curando males ciegos.
Es un sábado triste, sueño que cae la lluvia,
la luz es tenue, el café caliente, y yo pienso
en lo triste del presente y en que esta abulia
no me deja respirar sin sentir que me muero.
¿Cuántas noches no han pasado desde el último beso?
desde la última vez que conectados frente a la pantalla,
nos reímos de nosotros o lloramos de nuestros afectos,
¿cuánto de eso no son ahora sueños de alcantarilla?
Es un sábado triste, la sangre se me congela en los dedos,
Es un sábado triste, la sangre se me congela en los dedos,
y es que escribo como si existieras, sin existir,
y pronuncio tu nombre a rompegarganta llena de este miedo
que ya nunca me permitirá dormir.

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