Anoche soñé con que tenía ventitrés años,
la guerra se había trastornado sutilmente,
las noches pasaron por travesaños
hechos de todos los juegos de la mente.
Anoche podía observar detrás de las casas,
un desierto que invitaba a la muerte,
el sonido de la ciudad vigilaba
y en la radio hablaba un locutor ocurrente.
Pareciera que han acabado todas las esperas,
la edad para beber, la edad para saber,
la edad para andar en ruedas,
la edad para intentar fenecer.
No es ninguna edad, no después de la guerra,
se han apareado todos los pasados,
y el fruto de sus entrañas es como una niebla
gris, húmeda, fría, cubierta de paños enredados.
Cubro con mi palma de la mano la pantalla
de un smartphone que no cesa de callar,
veo llena de seriedad por la ventana
cuantos años han pasado ya.
Anoche a las cuatro de la madrugada,
pensaba insistentemente en su huida,
en la rendición, en la inextricable jugada
que nos hace la vida a consciencia.
La belle époque en ciernes termina aquí,
no queda vanidad, no queda filosofía,
no quedan estudios, no existe el trabajo,
es sólo un túnel que habrá de durar diez años.
Ya me he quitado las gafas,
he roto los alambres de mis dientes,
he transformado mi rostro
por una desgana inerte.
No sé si quiero respirar o volar,
no sé si quiero beber o comer,
no sé el propósito de mis pasos
y besar ya me duele.
Encuentro apolilladas mis razones,
uso morosamente los filtros de café,
convertidos en bolsitas de té,
me rasco la cabeza con desazones,
Esas que se repiten una y otra vez,
no quiero huir de las ilusiones,
pero son prostitutas de retiro,
y no me ofrecen ningún placer.
Tras la guerra, la roca se ha desvanecido,
la tierra es fácil de romper,
la lluvia es amenazante cada vez
y en ella encuentro un fluvial delirio.
Anoche soñé que tenía ventitrés,
y detrás de las trincheras nictofóbicas,
esos deseos de salir corriendo lejos,
llenan mi corazón de invalidez.

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